Existen numerosos problemas médico­estéticos que no pueden solucionarse con un tratamiento médico y deben ser abordados desde un punto de vista quirúrgico. A la hora de plantear un tratamiento quirúrgico óptimo, debe tenerse en cuenta por un lado la eliminación completa de la lesión que se desea tratar (benigna o maligna), así como un resultado estético apropiado con una funcionalidad total de la zona. Dentro de las patologías que habitualmente se tratan con cirugía encontramos diferentes tipos de lunares, quistes, lipomas, dermatofibromas y muchas de las variantes de carcinomas cutáneos.

La cirugía cutánea convencional consiste en la escisión simple en hojal, aunque en casos en los que es necesario movilizar mayor cantidad de tejido se realizan colgajos cutáneos. Otras variantes quirúrgicas menos invasivas que pueden ser utilizadas en casos determinados son el curetaje, la criocirugía y la electrofulguración/electrocoagulación.

La cirugía dermatológica se realiza en consulta ambulatoria, bajo anestesia local. Después del procedimiento el paciente ha de seguir unas sencillas instrucciones en cuanto a curas a realizar en el domicilio, y después de unos días ha de acudir nuevamente para retirar las suturas (si las hubiere).

Después de la cirugía, es posible que se produzca un cierto grado de hematoma o inflamación, especialmente en zonas delicadas como la frente o los párpados. Debe tenerse especial cuidado con la exposición al sol, dado que incluso después de retirar las suturas continúa el proceso de cicatrización, situación especialmente sensible a la hiperpigmentación. No es habitual la toma de medicación contra el dolor tras la cirugía cutánea, pero puede emplearse siempre que no contenga ácido acetil­salicílico.